Esta mañana soñé,
tenía los ojos abiertos y soñé,
el sol estaba en lo alto y soñé,
y te vi.
Soñé que planeábamos el viaje
tan juntos que la distancia entre nosotros no se apreciaba.
Soñé que imaginábamos cada momento
con tanta ilusión,
que era capaz de saborear
cada minuto que íbamos a compartir.
Cada minuto de ese tiempo que te entrego
como fianza para deleitarme con cada instante que me regalas.
Soñé que preparaba mi equipaje
como aquel aventurero
que desea recorrer ese territorio desconocido
y que adivina que nunca volverá a su viejo hogar,
al menos siendo como era.
¡Mi equipaje! ¡Para tan largo viaje
no necesito apenas nada!
Y lo que necesito lo llevo
dentro de mi,
sin necesidad de ser mostrado en aduanas.
Soñé que me volvía loco
preparando regalos para ti,
deseando que al verlos
el brillo de tus ojos me iluminase
y tu sonrisa me alimentase el alma.
Soñé que llegaba el día de partir
y el tiempo pasaba demasiado despacio
para mi corazón
y demasiado rápido
para mis nervios.
Soñé que volaba,
y pasaban las horas nerviosas
mientras el sol se escondía por el horizonte.
La aurora boreal me volvió a recibir
como una vieja conocida
que espera y celebra que vuelvas a su reino.
Soñé que las luces de Keflavik
eran el preludio de un nacimiento
y el aterrizaje los primeros pasos
de un bebé que crecerá sano y fuerte.
Te vi, no lo soñé,
me estabas esperando allí,
tan preciosa y radiante
que me sentía premiado
por conocerte.
Te abracé y mi cuerpo se derritió como la cera,
mis discursos tan preparados se desvanecieron
y tu mirada se convirtió en el alimento más maravilloso
que jamás había alimentado a mi alma.
Me desperté
y te desvaneciste de repente.
No importa, sé que volveré a soñar,
sé que volveré a verte,
sé que seguirás insuflando el aire que respiro cada día.
Y sé que conseguiré crear la poción mágica
que consiga que sueños y realidad sean lo mismo.
sábado, 21 de agosto de 2010
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)