domingo, 5 de octubre de 2008

En Islandia

He visto la aurora boreal.

Ya es suficiente para que el viaje haya valido la pena. Subiendo desde Londres a Reykjavik, sentado en la parte de estribor observé una luminosidad extraña en lo que yo intuía el límite entre océano y cielo (eran las 8 de una noche oscura). ¡Qué extraño!, me pregunté, «luminosidad por el este cuando se ha metido el sol por el oeste, serán cosas de la latitud!». Al cabo de un rato y de una cabezadita, me asomé de nuevo por la ventanilla, observando la luminosidad mucho más alta en el horizonte, en forma de franja y de un color verde tan intenso que no se me olvidará en la vida. No tuve ninguna duda: era una aurora boreal y, más que emoción, una inmensa alegría me llenó.
Esperaba ver alguna vez en mi vida una aurora boreal, pero no me esperaba verla desde el cielo. Os llame la atención o no, apuntadlo, es una experiencia extraordinaria que, si se puede, vale la pena vivir.

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